Cuidar de nuestras hijas e hijos nos ayuda a ser hombres responsables y felices
Oswaldo Montoya
Mario es un comerciante que, junto con su esposa, está criando a su hijo de 18 meses. Ella tiene 25 años y, además de ser ama de casa, atiende una pulpería con su marido. Como el niño demanda mucha atención, él lo cuida bastante dándole la comida, limpiándolo, lavando pañales, comprándole cosas y jugando. Por aparte, Mario tiene una niña de nueve años de una relación anterior, a quien apoya económicamente y ayuda con sus tareas escolares. Con su hijo él ha cambiado la forma de ser papá y dice que no se quiere quedar atrás de su esposa en la crianza. No quiere repetir lo que pasó en los primeros años de su hija, que por andar en bacanales ni se enteraba si estaba enferma o tenía problemas en la escuela.
Ahora sí se siente empapado de paternidad, con su mente y su corazón repletos de amor y responsabilidad con ambos. Dice que quiere acompañarlos de cerquita en su crecimiento.
Como sicólogo llevo años trabajando con otros compañeros sobre temas de masculinidad, es decir la forma en que nos han enseñado a ser hombres. En esta ocasión quiero compartir algunas ideas con las lectoras de La Boletina, sobre cómo tratar el tema de la crianza y cuido de hijas e hijos con sus maridos o ex parejas.
Muchas mujeres tienen razón en creer que los hombres no estemos dispuestos a asumir de verdad estas tareas. No nos ven interesados. No nos creen capaces. Algunas se sienten cansadas de reclamar que nos hagamos cargo y otras ni se lo plantean.
La mayor parte del trabajo doméstico y de crianza es invisible para quien no lo realiza. A veces los hombres ni nos percatamos de todo lo que hay que hacer para que un chavalo entre a su aula bien arreglado y con las tareas hechas.
Pero también habemos otros que intentamos cambiar esa situación. Francisco, un esteliano de 42 años, se rifa con su compañera en los trabajos de la casa. Tienen cuatro chavalos y se reparten los quehaceres. Antes de irse a trabajar, él deja limpia y arreglada la casa, prepara y da el desayuno y deja los trastes lavados.
Eso sí, le preocupan los comentarios de sus amigos y vecinos. Por eso cierra la puerta y las ventanas para que nadie lo vea en esas labores. Tiene miedo a que lo tachen de baboso o cochón por hacer lo que la sociedad cree le corresponde a la mujer. Y es que cuando los hombres comenzamos a cambiar, podemos tener algunos conflictos con nosotros mismos y con otras personas.
La sociedad machista sólo espera que el padre dé para la leche y haga de policía en casa; que ponga el orden, la disciplina. Incluso no se ve como violencia el hecho de que los padres no cumplamos con las hijas e hijos, como si esto no causara daño en sus vidas.
Entonces asumir nuevas funciones, empaparse de la capacidad y el deseo de cuidar, dar cariño, consolar, servir en lo doméstico, no es cosa fácil para un hombre. Y es más difícil si él nunca en su vida ha visto a otros hombres hacerlo.
Lo que ganamos
A nosotros nos toca tomar conciencia de que es injusto que por el hecho de ser varones, la sociedad nos permita desentendernos del chavalero y los oficios domésticos. Sea que una mujer trabaje dentro o fuera de la casa, o en ambos lados, es un hecho que hay una distribución desigual de las tareas. Se estima que las mujeres invierten el doble de tiempo cuidando a los niños y niñas, en comparación con nosotros. Y eso las deja sin ejercer su derecho a recrearse o estudiar, por ejemplo.
Pero está claro que es nuestro deber, no sólo porque fuimos dos personas las responsables de esta vida, sino porque es lo justo para las mujeres y hacerlo nos beneficia personalmente. Nos hace sentirnos bien y orgullosos de nosotros mismos. También recibimos el amor más directo y profundo de nuestros hijos e hijas y nos ganamos su confianza.
Pero necesitamos que las mujeres nos apoyen en este proceso de cambio. De hecho, ustedes nos han ayudado a vivir nuestra paternidad en forma más completa, a pesar de que no es su responsabilidad educarnos en nuestros deberes.
Las hijas y los hijos son una fuente grandiosa de disfrute y satisfacción, pero su cuido diario es muy demandante y podemos estresarnos mucho. Mientras haya una mejor comunicación y coordinación, podremos asumir juntos esta gran responsabilidad y fascinante aventura de ser madres y padres.
¿Cómo ponernos de acuerdo con el papá?
Rayen el cuadro. Una buena idea para sensibilizar a los hombres es sacar cuentas del costo de las labores domésticas y de cuido si les tocara pagarlo. Luego hagan un listado de lo que hace cada cual en un día. En una hoja se escriben a un lado las horas, luego cada uno apunta lo que hace. Tomen en cuenta toda actividad que implica un trabajo, sea que produzca dinero o no. Al final revisen quién dedica más tiempo al cuido y crianza y sobre este punto divídanse las responsabilidades.
Negociar con igualdad de derechos. Hay que fijarse en los tiempos que les quedan libres a ambos, aparte del trabajo pagado y otros deberes que no son los hijos. Procuren distribuirse las tareas de tal forma que a ambos les quede igual tiempo de descanso. Pero recuerden que solo se negocia entre personas que se ven iguales en derechos. Si el hombre se cree superior por ganar más dinero, entonces la negociación será un fracaso. Ambos deben tener la intención positiva de cambiar, reconociendo que se nos ha enseñado a asumir desigualmente estas tareas. También conversen sobre sus metas laborales o de estudios y cómo ser mamá o papá les impide alcanzarlas. Luego podrán negociar mejor para que ambos puedan cumplir sus sueños.
Fomentar la responsabilidad compartida. Los padres y las madres tenemos que enseñar a nuestras hijas e hijos a responsabilizarse de su propio cuido y no hacerles todo. Tienen que hacerse cargo de limpiar y arreglar el desorden que dejan. Hay que inculcarles que las tareas domésticas son responsabilidad de toda la familia. Y repartir tareas de acuerdo con su edad, pero sin promover que hay cosas de hombres y de mujeres, todos deben hacer de todo.
Huelga de brazos caídos. Hay que poner límites antes que se instalen malos hábitos. Para las mujeres esto puede significar no actuar. Dejen que el papá asuma: que limpie, saque los gases al bebé, dé las medicinas, vaya a las reuniones escolares o haga comida. No estamos diciendo que la mamá no haga su parte. No. Más bien es que no se apresure a hacer todo para que nosotros no nos excusemos diciendo: No me deja o no le gusta cómo hago las cosas.
Tengan paciencia mientras aprendemos. Puede ser que al inicio no hagamos las labores igual a como lo hacen las mujeres. El punto no es comparar ni competir, ponerse a criticar o burlarse. Algunos tiran la toalla diciendo nunca se queda bien con ellas.
Si se pone duro. Si él se resiste y dice que no puede y no sirve para eso, que nadie le enseñó, recuérdele que hay muchas cosas que no le enseñaron de niño y él las aprendió de grande porque le interesaba. Por ejemplo: manejar carros, tractores, motosierras y computadoras.
Beneficios de ser papás responsables y cariñosos
• Estudios internacionales indican que los padres más involucrados con sus hijas e hijos gozan de mejor salud que aquellos que son distantes. Éstos reportan menos problemas de salud mental y física, como hipertensión arterial, enfermedades del corazón y abuso de alcohol
• Nuestras hijas e hijos tienen mejor rendimiento escolar y son más desenvueltos socialmente
• Tener un padre no violento ayuda a los varones a reducir su conducta agresiva y a no ser machistas
• Para las niñas, tener una relación cercana y positiva con su padre se asocia con relaciones de pareja más sanas y sin violencia en su vida adulta, además de mayor seguridad y autoestima
• Las parejas están más felices cuando comparten el trabajo de cuido de hijas e hijos
Fuente: Campaña MenCare www.men-care.org/node/18 ---------------------------------------------------- • * Oswaldo Montoya es sicólogo y miembro de la Red de Masculinidad por la Igualdad de Género de Nicaragua * www.redmasnicaragua.org • Agradecemos la colaboración de Michelle y Diego Rodríguez Umaña, Fernando Rodríguez y Concepción Umaña por modelar en estas fotos.
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